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Mundos íntimos. Mi hermano murió; no pude ver más a mi sobrina. La quise contactar por las redes pero lo sintió como un acoso.

Antes de ir a trabajar en la mañana del lunes 26 de octubre de 2015 abrí Facebook para leer sobre las elecciones presidenciales del domingo. Me fui a dormir con la noticia de que en noviembre habría ballotage, pero como en este país todo puede cambiar en una noche, fui directo a los comentarios en los portales. Los candidatos presidenciales no fueron los primeros en aparecer: lo primero que vi fue la noticia de un accidente automovilístico.

Alrededor de las diez de la noche, un auto chocó y se incendió contra un camión en el kilómetro 212 de la Ruta Nacional N°3. La persona que manejaba el auto falleció, pero no había podido ser identificada. Solo se publicó la patente de su vehículo.

Juan Pablo, Gabriel (que falleció) y Sofía Minvielle cuando eran niños.

A pesar de que el color y la marca del auto eran las mismas no quise sospechar. Pero sospeché igual y ya fue imposible seguir buscando datos electorales. Le mandé un mensaje de texto a la única persona que podía despejar mis dudas con el número de patente: mi hijo mayor. En el colegio, él miró una foto de su celular y me mandó un mensaje de texto: FDK 888. Tres letras y tres números que confirmaron mi sospecha. El cuerpo dentro del auto era el de Gabriel, mi hermano menor.

Todos sabemos que en esos momentos el razonamiento se bloquea. La mente no puede procesar la información hiriente de forma instantánea. El cuerpo, sí. Hay una parte arcaica del cerebro que recibe todas las señales y envía órdenes. Procedemos de manera primitiva y mecánica. Las órdenes que ejecutó mi cuerpo fueron: Levantar el tubo. Marcar un número de teléfono. No llorar. Suplicar que no atienda mamá. Saludar amable. Oír un alegre: Buen día, hija. Maldecir en silencio porque nadie oyó la súplica.

Me sentí cobarde. Incapaz de poner en palabras lo que sabía.

Mi cuerpo siguió actuando y pedí hablar con papá.

-Gaby tuvo un accidente.

-Uh, ¿cómo está?

-No, pa, el auto se incendió.

-Escuché un No. Repetí, obligada y firme: Sí.

Esta es una escena escrita en un libreto que se repite como un loop en mi memoria. Definitivamente, todo puede cambiar en una noche.

Mis padres se casaron en enero de 1978 porque mi mamá estaba embarazada. Papá consiguió trabajo en los yacimientos de carbón de Río Turbio, en Santa Cruz. Un pueblo a dos mil quinientos kilómetros de Azul, donde vivían. En el sur, nacimos Juan Pablo (1978), Gabriel (1980) y yo (1979). Matías (1982), fue el único que nació en Azul, en enero, mientras estábamos de vacaciones. Falleció a los pocos días por un problema respiratorio. Los médicos le indicaron a mi papá que mi mamá no debía ver el cuerpo muerto de su hijo. Él, que había aprendido a obedecer en el internado de curas en el que estuvo hasta los diez años, aceptó sin dudar.

Gabriel Minvielle sentado al lado de Sofía. Juan Pablo, riendo, adelante.

Mi mamá escuchó la misma indicación de la médica forense en la morgue de Azul, pero esta vez, el cuerpo era de Gabriel. Estalló de ira. Una mujer. Dos muertes. Dos hijos. Dos médicos. Las mismas palabras. A veces, las peores pesadillas no son las que aparecen mientras dormimos.

Hablé con la médica forense con la dureza de una abogada de televisión, una defensora de los derechos de todas las madres del mundo. No sabía ni sé nada de argumentación jurídica. Lo que hizo mi cuerpo fue actuar y asumir un papel: proteger a mi mamá de más dolor. Y la médica accedió.

Cuando salió de la morgue, mi mamá dijo: “Pude verlo. Le di un beso en los pies”. Y sonrió como si hubiera guardado en el bolsillo un tesoro: una moneda de paz.

El velatorio de Gabriel duró veintiséis horas. La empresa de sepelios exigía acreditar la identidad del cuerpo, pero no fue fácil. Todo en el auto estaba hecho cenizas. El cuerpo, la documentación, el futuro de mi hermano. Además, los empleados del municipio estaban de paro porque el pago de sus salarios estaba retrasado y no se realizaba ningún entierro. Los cuerpos se acumulaban en el depósito hasta que el conflicto se solucionase. Junto a mi familia suplicamos papeles en la policía y en la morgue, vaciamos nuestras cajas de ahorros, recibimos dinero de tíos y compramos una parcela en el único cementerio privado de Azul. Pasaron seis días del accidente para que el cuerpo de mi hermano pudiera ser enterrado.

Gabriel tenía treinta y cinco años. Vivía, trabajaba y estudiaba en la Ciudad de Buenos Aires. Le faltaban cuatro materias para recibirse de ingeniero industrial. Algo con lo que soñaba desde la escuela primaria: poder entender cómo funciona y se arregla todo. Lo más difícil de sepultar no son los cuerpos, son los sueños. No existe un lugar donde rendirles homenaje ni llevarles una flor. Los sueños se quedan con nosotros, se alojan en nuestra mente, junto a los recuerdos. Para mí esa fue la verdadera muerte, la pérdida definitiva, que los sueños de mi hermano se conviertan en recuerdos. Ya nunca serían realidad, solo fragmentos de la memoria. Fotos pegadas en la mente que empezarían a perder color con el paso de los años.

Gabriel fue el primero de los tres hermanos en aprender a andar en bicicleta y a manejar, en usar un Blackberry y una tablet; el único al que mis padres le prestaron su auto, a los diecisiete años, para ir a la escuela y para enseñar a manejar a una novia. Una chica que, sin lastimarse y en la primera salida, chocó de frente un árbol del parque y resultó más caro arreglar el auto que venderlo. Tenía varios apodos: Enano, Fosforito, Cabezón. Mis padres, mi hermano Juan Pablo, mis hijos y yo le decíamos simplemente, In. El monosílabo que mi hijo mayor repetía cada vez que lo veía, cuando empezó a hablar.

Su primer trabajo en Buenos Aires fue en un cine. Para su cumpleaños, sus compañeros de trabajo editaron un póster de la película “Bee Movie” y pusieron su cara en el cuerpo de la abeja protagonista. Ese día llegó a trabajar y vio en cartelera el título de la “película”: Gabriel Ignacio Minvielle, nacido para ser ingeniero.

Mi hermano no entendía nada de inglés y tenía pánico a los parques de diversiones, pero quería conocer Disney. Quería volver a Río Turbio. Toda mi familia se mudó a Azul en la década del noventa por la privatización de YPF. Quería volver y hacer un muñeco de nieve y explicarnos por qué nunca nos salió como en las películas. Quería hacer un viaje de egresados de la universidad, porque el de Bariloche “solamente sirve para escabiar y a mí nunca me gustó”, decía.

Pero hubo un sueño que mi hermano sí hizo realidad. Un sábado de septiembre de 2002, Gabriel tocó tres timbres en mi casa y vio que tenía todas las sillas sobre las mesas con las patas para arriba. “¿Te vas a poner a limpiar?, dijo y como la respuesta era tan obvia, supe que esa no era una visita habitual. Bajó dos sillas y con el primer mate, soltó:

-“Te lo digo a vos primero porque sé que te vas a poner contenta y me vas a ayudar… voy a ser papá”.

Los lagrimales de Gabriel y los míos vinieron flojitos de nacimiento y se activaban fácilmente. Nunca diferenciaron la diversión, la alegría ni la tragedia. La risa y el llanto se desencadenaban juntos. Era imposible divorciarlos. Gastamos unas cuantas carilinas e imaginamos vacaciones y navidades. Yo tenía dos hijos y, aunque ese día todavía no lo sabía, esperaba a mi tercera hija. Esos primos tenían mucho por hacer.

A pesar de vivir a trescientos kilómetros, nuestros hijos aprendieron juntos a andar en bicicleta y a hacer trampa en Mundo Gaturro. Conocieron las termas y la playa. El zoológico y los juegos del Tren de la Costa. Juegos que Gabriel y yo mirábamos desde el suelo porque sentíamos el mismo pánico a la adrenalina de los parques de diversiones.

Quince días antes del accidente viajamos juntos a Santa Clara del Mar. Él, divorciado, con su única hija, yo con mis cuatro. Los chicos grabaron videos y persiguieron todo el fin de semana a un terito de diez centímetros de altura. Mi hijo mayor ya sabía manejar y se sacó fotos con el auto que mi hermano acababa de comprar. En una foto, todo: su sonrisa, el auto, la patente FDK 888.

Después del accidente de Gabriel perdimos contacto con mi sobrina. Mis padres, mi hermano Juan Pablo, mis hijos y yo. Nadie pudo volver a verla. Se bloquearon nuestros números de celular y perfiles en las redes. Mis padres intentaron reclamar sus derechos por vía judicial, pero la pérdida de mi hermano hizo nido en el organismo de mi papá, en su hígado, y abandonamos los trámites legales por sesiones de quimioterapia.

Mi papá hizo todos los tratamientos a su alcance. Incluso su médica de la ciudad de La Plata consiguió sumarlo a una lista de pacientes para realizar ensayos clínicos con una medicación experimental financiada por el Ministerio de Salud de la Nación. El medicamento fue aprobado para ser usado en el país, pero no sirvió para revertir el cuadro de mi papá. Al igual que a mi hermano, le dimos las “Buenas noches” un domingo y al día siguiente, después del mediodía, su cuerpo estaba en la sala velatoria. Coincidencias sin sentidos que, como una colección, todas las familias guardan.

Cuando mi sobrina llegó a la mayoría de edad en 2021, me cegó la necesidad de verla y comencé una campaña en todas las redes sociales para encontrarla. La moda de las viralizaciones se impuso ante un criterio más humano y respetuoso. Una jovencita perdió el mismo día a su papá y a toda su familia paterna, y yo, en mi afán de querer recuperar lo imposible, el tiempo, ignoré por completo lo que esos casi seis años habían construido en su interior. Debo reconocer que mis hijos, especialmente mi hija, me lo advirtió: Esto no termina bien, dijo.

Una tarde lluviosa y estando aislada por covid, un oficial de policía me trajo una notificación. Debía comunicarme con un juzgado de la ciudad de Buenos Aires. El oficial me comentó que estaba entregando ese tipo de documentación a todas las personas que no habían respetado las medidas de aislamiento implementadas por decreto a partir de la pandemia. No era mi caso e imaginé que sería un error. Seguí las instrucciones de la notificación y mandé un mail con mi número de teléfono. Al día siguiente el secretario de un fiscal me llamó y me explicó que un juez había dictado una orden de restricción para que no me acercara a mi sobrina.

El secretario me escuchó con atención y entendió que mi única motivación era reconstruir el vínculo perdido. Me ofreció una mediación virtual y una abogada de oficio para resolver el caso. Acepté y cuando terminé la llamada eliminé todas las cuentas que había creado para encontrar a mi sobrina. Los caminos que elegimos para volver a encontrar a las personas que queremos no son siempre los más acertados. El que elegí, me llevó a volver a verla en el cuadradito de una pantalla junto a tres abogados y el micrófono silenciado.

Por más que el motivo sea noble, no todo es válido. La prudencia y el respeto por los sentimientos de los otros han de ser inquebrantables. Ni las pérdidas, ni las injusticias nos ponen un escalón por encima de nadie. El dolor no da derecho ni licencia de avasallamiento.

Antes del accidente de Gabriel escribía cuentos, especialmente para niños. La curiosidad, mi profesión y años de maternidad me acercaron al oficio de contar historias. Luego, comencé a escribir novelas y encontré en ellas un espacio donde se pueden homenajear los sueños. Llevarles una flor. Abandonar deliberadamente el proceder primitivo. Arropar los sentimientos, pensamientos y acciones que se disociaron por una herida. Y trabajar, para que desde los recuerdos, se construyan otras memorias. Nuevas historias y finales.

Acá comienza mi duelo.

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Sofía Minvielle. Psicopedagoga, profesora y mamá de cuatro hijos. Nació en Río Turbio, pero vive en Azul desde los diez años. Trabaja en la Facultad de Derecho de la UNICEN acompañando a estudiantes que necesitan mejorar su forma de aprender. Da clases de Neurociencia y Psicología en Institutos de Formación Docente. Además, dicta talleres de memoria para adultos mayores de todo el país. Comenzó escribiendo cuentos para niños y descubrió, en las novelas, un género de expresión atrapante. Mira las mismas películas y escucha las mismas canciones. Le gusta tocar el piano, entrenar con peso y cuidar sus plantas. No quiere nunca dejar de aprender.

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