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La guerra trunca la vida de refugiados ucranianos y disidentes rusos también en el destierro georgiano

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Serguéi Tkachenko, ruso, de 30 años de edad, ya ha escapado de su exilio una vez. Hoy, cuando lo encontramos, está intentándolo una segunda vez. Su primer viaje fue en 2022. Después que Rusia anunciara una movilización de nuevas reclutas, se desplazó de Novoriysk a Tiflis, la capital de Georgia. “¿Por qué atacar un país hermano?”, se preguntó. Sin embargo, al poco tiempo regresó a su ciudad porque no encontraba trabajo y porque suponía que ya estaría a salvo. No fue así, y se volvió a ir cuando empezó de nuevo a sentirse en peligro por sus ideas. “Andaban preguntando por mí”, recuerda. Ahora, con solo una cochambrosa mochila en la que ha empacado toda su vida, este informático y hacker pasa sus días con trabajillos de fortuna mientras aguarda la respuesta a una solicitud de visado humanitario en la Unión Europea, donde vive su mujer de nacionalidad checa.

Pero el camino parece cuesta arriba. “No he podido conseguir un permiso de residencia europeo porque, según las leyes georgianas, tendría que volver a Rusia para obtener algunos documentos. Y si regreso a Rusia, probablemente me encarcelarán”, asegura. “Pero aquí tampoco puedo estar. Rusia está muy cerca y tiene una gran influencia en este país. Esto incluso ha empeorado últimamente con el Gobierno [georgiano], que está promoviendo leyes como las que se usan desde en Rusia para censurar a casi cualquier voz disidente”, detalla Serguéi, quien en Georgia también ha tenido problemas para encontrar alojamiento, tanto que la próxima mudanza será en cuestión de días. “Lo peor es que tampoco somos bien vistos por los que protestan contra el Gobierno; desconfían de nosotros. Estamos entre la espada y la pared”, explica, sentado en un banco del parque Leonidze de Tiflis.

Situaciones como la de Serguéi no son infrecuentes de oír entre los exiliados rusos que acceden a contar sus historias de huida a Georgia. Este país, de apenas 3,7 millones de habitantes, acogió a miles de expatriados de Rusia desde 2022, muchos contrarios a la guerra en Ucrania. Sin embargo, el año pasado casi 30.000 de ellos abandonaron el país, según estadísticas oficiales georgianas. Observadores y voluntarios atribuyen la situación principalmente a la situación política del país, pero también a las dificultades que estos expatriados enfrentan para integrarse en una sociedad con una difícil relación con Rusia. País que en 2008, tras una operación en Osetia del Sur del entonces presidente georgiano Mijaíl Saakashvili, incluso intervino militarmente en la región.

De zonas ocupadas

La paradoja es que en ciudades como Tiflis también se han afincado miles de ucranianos, que incluso enfrentan situaciones de mayor vulnerabilidad. Muchos han huido de zonas ocupadas por el Ejército ruso (incluyendo la devastada Mariupol), y también han buscado refugio en Georgia, para también se han ido o están pensando en hacerlo. Tanto es así que, de los llegados en 2022 (eran unos 4.000 a la semana en los primeros meses de la guerra ruso-ucraniana), el año pasado apenas quedaban unos 26.000, de acuerdo con la ONG People in Need (PIN). La razón, en su caso, es la insuficiente ayuda para vivir en Georgia, pese a la buena acogida de particulares y organizaciones no gubernamentales, señaló también PIN.

Lo explica sin rodeos Nino Katamadze, cantante georgiana conocida en Ucrania —tanto así que el presidente Volodímir Zelenski le otorgó una medalla en 2023— que abrió hace dos años un refugio para estos desplazados en Tiflis. “El Gobierno [georgiano] a menudo habla de los políticos ucranianos menospreciando su lucha por ser independientes de Rusia. Esta actitud negativa se siente fuertemente no solo a través de declaraciones, sino también mediante la suspensión de programas de apoyo que facilitarían su estadía aquí”, dice Katamadze. “Sin olvidar que los ucranianos que han terminado en Georgia pertenecen a menudo al segmento más vulnerable: gente que no tenía ningún documento gubernamental, con traumas psicológicos inimaginables, que enfrentaron problemas de otro mundo”, añade.

Quince euros

Es el caso de Larissa. Originaria de Bila Tserkva, en la región de Kiev, se fue con dos hijos. Milanka, de cinco años, y Kuran, de siete. Ambos niños con un trastorno de hiperactividad, y que hoy sobreviven —junto a su madre— en Georgia principalmente gracias a la ayuda de ciudadanos y ONG. “Es bastante desafiante vivir aquí; tengo un visado humanitario, pero apenas recibo unos 45 laris georgianos (alrededor de 15 euros) al mes de ayudas estatales”, cuenta esta mujer, al añadir que aún no ha tomado la decisión, pero está pensándoselo. 

“Me gustaría quedarme aquí… Pero oímos hablar de leyes rusas y da miedo”, asegura Larissa. “Por eso no descarto que en algún momento nos vayamos de este país”, añade, al precisar que no todos, por supuesto, se quieren ir. Aun si a casi todos, eso sí, les preocupa volver a vivir lo ya vivido. 

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