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Las novedades que atormentan a Cristina Kirchner y los entretelones del show Mauricio Macri-Horacio Rodríguez Larreta-Patricia Bullrich

“Nos salva que febrero es más corto”, decía un funcionario que el viernes a las cinco de la tarde caminaba apurado por los pasillos de la Casa Rosada. Lo decía con sorna, pero lo decía. “¿A quién venís a ver? Mirá que no hay nadie, eh”, preguntaba, y guiñaba un ojo, mientras se secaba la transpiración con un pañuelo de papel. En el Patio de las Palmeras el sol era despiadado, pero el lugar lucía desierto. Apenas se oía un bullicio lejano de un grupito de estudiantes que insistía, en vano, con pasar a sacar fotos al Salón de los Bustos, el sector por donde ingresa el Presidente y hay máxima seguridad.

Febrero es más corto. A ese punto se ha llegado. Tres días menos que enero podrían ayudar a que la inflación de este mes quede anclada apenas por debajo del seis por ciento que marcó el mes pasado. Es, desde luego, una distracción semántica. Nadie podría asegurar que se trate de una buena noticia para los planes electorales del Frente de Todos. Ni que en marzo el Indec no registre una nueva suba, que dejaría todavía más remotas las dos promesas de Sergio Massa. La primera, que hizo al llegar a su cargo, de sostener un proceso de descenso paulatino (en su equipo hablaban de medio punto por mes); y, la segunda, de ingresar a marzo con una inflación mensual que arranque con el número tres adelante.

Los saltos en los precios son estremecedores y los recurrentes anuncios del Gobierno (en algunos casos rimbombantes, como cuando Alberto Fernández anunció: “El viernes arranca la guerra contra la inflación”, una frase que en dos semanas cumplirá un año) no pueden menos que alterar los ánimos en la cúspide del poder. No solo porque no podrá cumplirse la última promesa, la de marzo, sino porque ya se elucubra acerca de qué tan lejos quedará. Ese flagelo de productos que trepan en las góndolas -especialmente los de la canasta básica- es, junto a la caída de los salarios, el principal impedimento para recuperar, según Cristina, la mística perdida. No alcanza con echarle la culpa a Alberto Fernández. El corazón de su propio electorado es el que más sufre.

Aquellos flagelos vienen de la mano de otro. El plan electoral de la vicepresidenta podría quedarse pronto sin uno de los candidatos que se perfilaba para tener su apoyo, según reconocía hasta hace muy poco uno de los dirigentes que se mueve a su sombra. Ma-ssa permanece atrapado en una telaraña que abarca déficit, inflación y reservas. Difícil sostener hoy que su llegada vino a inaugurar un nuevo tiempo, como apostaban quienes hablaban de un cambio de expectativas. Entre ellos, la propia Cristina. Más tarde o más temprano se hará la comparación con la inflación que Massa heredó de Martín Guzmán y la que dejará cuando le toque irse. En este punto, convendría reparar en los movimientos de La Cámpora. Sus líderes pasaron de los elogios (“ahora tenemos ministro de Economía”, decían apenas asumió) a un prudente y prolongado silencio sobre los vaivenes económicos.

Eduardo “Wado” de Pedro, el camporista que conduce el Ministerio del Interior, mantiene sus aspiraciones a la espera de la bendición oficial de su jefa, aunque arrastra un nivel de desconocimiento muy alto en las provincias. Los gobernadores, que lo quieren poco, no lo ayudan, y Alberto, que lo quiere nada, lo corre de cualquier situación que le pueda deparar una foto atractiva. Máximo Kirchner ha tomado nota de esa postal y alienta, al mismo tiempo, a varios gobernadores, como Jorge Capitanich y Gerardo Zamora, aunque no para de repetir que la dueña de los votos es su madre. Axel Kicillof tiene una daga que se agita sobre su cuello: no son pocos los que trabajan para impulsarlo como candidato a presidente.

Como quedó claro en la reunión de la mesa política de la semana pasada, los camporistas y su líder tienen un obstáculo llamado Alberto Fernández. El Presidente, aun desde la debilidad que le devuelve el espejo de sus propias encuestas, observa el espectáculo en torno a Cristina y piensa: “Tráiganme un candidato mejor que yo y me bajo”. Kicillof podría ser uno de ellos, pero el gobernador se resiste. En el entorno albertista se ríen de algunas situaciones, como del lanzamiento presidencial de Juan Grabois, que se anotó durante un acto con Kicillof. Tampoco los amedrentó la carta de Daniel Scioli, que busca su revancha. Scioli podría desistir si el que termina en la grilla es Alberto.

Fernández le plantea un desafío a su mentora. Ya no es como el año pasado, cuando ella podía criticarlo o hasta humillarlo en público. El proceso electoral la obliga a ser menos hostil. Sus propios registros marcan que nunca salió airosa de esa confrontación tan feroz. Al contrario. Solo los fanáticos adoptan el discurso de que este no es su gobierno.

En el microclima de Olivos, levemente arrogante por razones que acaso tengan más que ver con el universo freudiano que con el rumbo del país, dicen que el cristinismo en general, y La Cámpora en particular, no tienen ideas superadoras. “Nos boicotearon todo el gobierno, ¿y qué lograron además de dañar al Frente? ¿Qué consiguieron para el país? ¿Qué cosa nueva aportaron?”. En el Gabinete desaparecieron las voces que antes le proponían con insistencia a Alberto que se sentara a solas con Cristina como parte de un proceso de reconciliación. Ese proceso puede esperar. Fernández luce aliviado. “En la resistencia pacífica”, al decir de uno de sus confidentes.

La ruptura del bloque de senadores kirchneristas es otro punto de quiebre en el poder de Cristina. Detrás de escena se vio la mano de Juan Schiaretti, el gobernador de Córdoba, y la de Alberto Rodríguez Saá, el de San Luis. Schiaretti jura que esta vez sí será candidato a la presidencia. Cristina intentó disimular la fractura difundiendo la carta del senador jujeño Guillermo Snopek, que contenía cuestionamientos hacia el primer mandatario. Un artilugio que no podría engañar a quienes siguen la política a diario: por primera vez desde la recuperación de la democracia, el peronismo perdió la mayoría en el Senado. El gobierno de Alberto y Cristina lo hicieron.

Antiguos aliados del kirchnerismo huelen sangre. Los mandatarios provinciales, en su mayoría, se apuraron para desdoblar las elecciones en sus distritos. Son cada vez menos los que se animan a jugarse el pellejo por Cristina. La vice acumula también problemas en ámbitos judiciales. Esos problemas podrían explicar, en parte, sus últimos errores, como haber montado una campaña en contra de una supuesta proscripción en la que no creen ni funcionarios que trabajaron muchos años con ella, como Aníbal Fernández. El 9 de marzo se conocerán los argumentos de la causa Vialidad, en la que fue condenada a seis años de prisión por corrupción. Y a la par podría asomar algo sensible en el horizonte de los Tribunales: se reabriría la causa Hotesur y los Sauces, donde también están complicados sus hijos, Máximo y Florencia.

Pese a todo, Cristina transmite que ella cree que hay que dar la pelea electoral hasta el final. “Los de enfrente nos ayudan”, sostienen a su lado, en alusión a Juntos por el Cambio. El show de la principal fuerza de la oposición es un imán. Promete muchos capítulos. Horacio Rodríguez Larreta puso primera a una candidatura que viene amasando hace ocho años, o tal vez mucho más, si se da crédito a lo que cuentan los empresarios que lo indagan sobre el motivo de su ambición y él responde que quiere llegar al sillón de Rivadavia desde que era muy chico y que así se lo comentaba a su psicólogo.

El jefe de Gobierno se presentó con un mensaje antigrieta. La jugada es clara. Menos kirchnerismo, menos Javier Milei -también podría leerse como menos Patricia Bullrich y menos Mauricio Macri- y más moderación. Mensaje destinado a la UCR y a Elisa Carrió, que en los últimos meses apaciguó su discurso. Un consultor que pasó el jueves por la Casa Rosada opinó ante un importante ministro: “Muy lindo el lanzamiento de Horacio… para la segunda vuelta”, como poniendo en duda que con ese tono pudiera imponerse en las PASO. Larreta asegura que los números le sonríen y piensa en algún tipo de acuerdo con Gerardo Morales (¿su candidato a vice?), quien a su vez tiene una alianza con Carrió. La piedra en el zapato para Larreta es Facundo Manes, que no afloja con sus dardos.

¿Y Macri? Hizo dos movimientos inesperados. Uno, público: se reunió con María Eugenia Vidal el día que se anunció la candidatura del alcalde. Vidal corre de atrás en la interna del PRO, pero no quiere resignar sus chances presidenciales. La ex gobernadora ha dado un salto mágico. En términos discursivos se parece más a Bullrich -que ratificó su línea intransigente- que a Larreta, su amigo. Macri lo celebra. La otra maniobra del ingeniero fue reservada: en las últimas horas se vio con Manes y quedó gratamente sorprendido con él.

El ex presidente se subirá a un avión hoy rumbo a Italia. Se lo nota algo fastidiado con sus discípulos. “En un 90% no voy a ser candidato, pero no me gusta que me bajen”, dice.

Sus íntimos aseguran que lo del 90% puede ser una exageración. Que hay que esperar. Que puede haber sorpresas. Los que lo quieren afuera del ring se exasperan. 

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