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La noche en que Lionel Messi se convirtió en el “dios” de todos

En silencio, el artista sigue tallando su obra, mientras escucha a lo lejos las plegarias que resuenan en el mundo para que demore la hora del adiós.

A dos meses de su coronación en Qatar, el mundo entero lo observa como si perteneciera a otra galaxia. Alguien que ha llegado donde nadie lo había hecho: a sentirse arropado por un manto de celebración universal, una caravana interminable que lo admira y adora de un modo casi nunca visto, dentro de una ratio que traspasa generaciones hasta unir los extremos de las vidas de esa feligresía que ha transformado a él, a Lionel Messi, en un ser mitológico dentro y fuera de los estadios. Alguien quien, pese a cierta estatura celestial, espeja nuestras vidas hasta en los menesteres más domésticos y personales.

Los cumpleaños de chicos, adolescentes y adultos, aún de los más veteranos, por ejemplo, han incorporado junto con la tercera estrella de la Selección, la torta y las velitas, el ritual celebratorio del andar cansino, paso a paso, con la túnica negra y dorada transparente que le colocó el emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani, antes de elevar la Copa del Mundo y sus innumerables réplicas al Cielo. Un nuevo modo de convocar a las bienaventuranzas de cada ocasión. Esa túnica, cuyas simulaciones crecieron en el mercado de modo exponencial, es el bisht clásico de las culturas árabes y musulmanas, usado desde hace más de dos mil años. Messi hizo de esa tela desconocida en Occidente un hechizo multicultural con la autoridad de un profeta que ya no nos pertenece sólo a los argentinos: si Messi conquistó el mundo en la Copa de Qatar, el mundo se apropió de Messi en esas tierras ardientes del desierto qatarí.

En ese sentido, dos alegorías se han ganado la inmortalidad de la mano del talento y la capacidad de Leo para encender las almas allí por donde pase. Una es del periodista británico Peter Drury, que así relató el penal definitorio: “Una larga caminata solitaria para Gonzalo Montiel. El no comenzó el juego, puede terminarlo…Montiel…¡Argentina campeón del mundo otra vez, por fin! Y una nación bailará tango toda la noche. Treinta y seis años desde Maradona y México, aquí finalmente está el nuevo grupo de inmortales de la Nación. Scaloni estará predestinado, Messi será santificado… Leo Messi ha conquistado el pico final, ha estrechado sus manos con el Paraíso. El niño pequeño de Rosario, Santa Fe, acaba de lanzarse al Cielo: sube a una galaxia propia y tiene ahora su momento de coronación… El siempre ha sido el punto de diferencia. Incomparable… el debate podría continuar si ustedes quieren, pero a medida que él se va enamorando del objeto del mundo que deseaba de todo corazón…es difícil escapar de la suposición de que se consagró a sí mismo como el mejor de todos los tiempos…”

La otra pieza metafórica fue de la periodista argentina Sofía Martínez, quien luego del 3-0 a Croacia y de llegar a la final de la Copa, cruzó a Messi en la zona mixta y esto le dijo: “Si bien todos queremos ganar la Copa, quiero decirte que más allá del resultado hay algo que nadie te va a sacar… Atravesaste a cada uno de los argentinos, de verdad te lo digo. No hay nene que no tenga tu remera, que no sea la original, la trucha o la inventada, la imaginaria…marcaste la vida de todos y eso para mi es más grande que cualquier Copa del Mundo…Es un agradecimiento por un momento de felicidad tan grande que diste a tanta gente, que ojalá te lo lleves en el corazón porque es más importante que una Copa del Mundo y eso ya lo tenés, no te lo va a sacar nadie. Así que, gracias Capitán”.

Un periodista inglés y una argentina hicieron propios sentimientos y palabras de millones en todo el mundo. Esta vez no hubo “mano de Dios”, sino los latidos acelerados del corazón de una leyenda. En cada una de sus corridas y gambetas fantasmagóricas, en ese delicioso arte de embaucador que deja ver cuando ensaya sus tropelías de potrero, rodeado de rivales que desparrama, Messi sintetiza lo mejor y más bello que tiene el fútbol. Hacer felices y sembrar asombro en las vidas ajenas. Hacer saltar del sillón y tocar el Cielo hasta a los más neófitos de este juego que articula las infancias con la vida adulta, de una vez y para siempre.

Un poco de todo eso pasó hace dos meses en tierras qataríes. Leo estaba ya en el umbral de ese territorio imaginario, exclusivo para unos pocos, que él democratizó para todos, aquel día inolvidable en el que cruzó esa puerta y se vistió de mito. Si se quiere, asumió lo que ya era: un héroe, mezcla de dioses y mortales según la mitología griega. Quizá no sea un ejemplo, pero sí es un modelo. No es poco en una sociedad como la nuestra, que venera cierto gen barrabrava, ese reflejo ancestral que impulsa a seguir liderazgos prepotentes antes que a copiar talentos silenciosos, compuestos en la fragua de la humildad y el trabajo. Un país en donde decir de alguien “¡qué hijo de puta!” es un elogio. Por algo hubo quienes honraron los arrebatos “maradonianos” de Messi el día de los corazones enfurecidos en la tarde tempestuosa contra Holanda. Messi no se metió en la eternidad por su reprimenda patotera a Wout Weghorst, apaleado destinatario del “andá p’allá, bobo”. Ya la había enamorado por arte propio.

A los 35 años, cuando casi todos los cracks se hacen recuerdo o son sombras del ayer, en ese festejo recreado como quien viene arrastrando una carga y llega a la cima para volver a empezar, Messi superó el mito de Sísifo, condenado una y otra vez a resignarse al desbarranco de la roca. Su resiliencia ha ganado la batalla más crucial, la de la vida: ha levantado todos los trofeos que no tenía (la Copa América, la Finalissima y la Copa del Mundo en un año y medio) y la roca no volvió a caer. En la cima, Leo levantará por siempre una y otra vez los brazos a todas las galaxias. Y su gesto se reproduce en las reuniones familiares a modo de homenaje casero a su epopeya: como un moderno Prometeo, otro célebre mito, Messi le ha robado el fuego sagrado a los dioses y lo ha acercado a la gente en cada recital de gloria futbolera. Sobrevivió también a quienes le comieron el hígado cada noche, en comentarios que hoy suenan ridículos y que él jamás repelió. En silencio, el artista sigue tallando su obra, mientras escucha a lo lejos las plegarias que resuenan en el mundo para que demore la hora del adiós.

Especial para Clarín.

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